Come il mare
una idea muy piscis.
La semana pasada fui con mi mejor amiga a un estudio de tatuajes. Después de veintisiete años de amistad, y aún contando, nos parecía lindo tener algo de la otra en la piel.
Ambas amamos los tatuajes y la verdad es que Jesmig ha estado presente en muchos momentos de mi vida desde que tengo uso de razón.
Esta fue la inspo que llevamos. Jesmig es sagitario y yo soy piscis.
Hemos sonreído, hemos llorado y hemos peleado. Fuimos testigos de lo bueno y lo malo de la otra y nuestra amistad se ha transformado, enseñándonos que los vínculos nunca son del todo lineales, pero que no por eso dejan de ser valiosos.
(Luego de mi declaración de amor…)
La idea era hacernos solamente ese tatuaje compartido, pero la chica del estudio nos tenía una promoción que se nos hizo interesante. Cada una saldría con dos tatuajes por el precio de uno: pequeños y minimalistas.
Bingo.
En mi piel llevo el trazo de varios artistas, pero Mariana me cautivó por completo. No solo porque nos parecíamos mucho en gustos y experiencias sino porque hizo de aquella tarde más especial de lo que era.
Pasamos un buen rato de la jornada hablando de los piscis de sol y los de luna. Llegué a la conclusión de que no puedo ser más piscis y Mariana está convencida de lo mismo porque, sorpresa, ambas compartimos signo.
Jesmig (mi amiga) tenía un poco más definida su segunda opción. Por mi parte sí tenía algunas ideas, pero nada realmente pequeño. No quería perder la oportunidad y mientras era el turno de Jesmig, me puse a buscar el que sería mi tatuaje número 11.
De hecho, durante la semana pasada vi muchos 11:11 ahora que lo recuerdo.
Busqué referencias de todo un poco; mis películas favoritas, libros que me han gustado. En particular nos encantó un diseño que era el elefante dentro de la Boa de Él Principito.

Sin embargo, no acababa de convencerme. Había algo que no se sentía del todo propio, por más que me encanta el cuento y la estética iba a ser preciosa. Seguí buscando…
Entonces encontré una opción que me gustó mucho más. Era una pequeña ola formada por trazos de varios grosores con un mensaje escrito abajo en letra cursiva. “Come il mare”, como el mar en italiano.
Ese es.
Llevar solo la frase me parecía precioso.
Encontramos el lugar exacto sobre mi hombro y debo confesar que, no solo me parecía una pieza bonita, sino que yo me sentía mucho más bonita, como un adorno no planificado que se quedaría en mi cuerpo para siempre y que además tendría un sentido que había marcado mis últimos meses del año.
El sentido.
No todas las piezas que llevo en mi cuerpo tienen un mensaje o una explicación demasiado profunda, pero sí suelo buscar detalles que me recuerden a cosas que me gustan o que resuenan conmigo. Mis elecciones parten un poco más desde la afinidad.
Come il mare es el recuerdo de que deseo fluir como el mar.
El agua es mi elemento y una de mis debilidades. Puedo pasar horas en el mar hasta que mis dedos se vuelvan pasita o hasta que me entre la idea de que una medusa va a quemarme (la segunda es la más recurrente). Además, me encanta el italiano; el país, su historia, su comida y sus monumentos. Luego de visitarlo en enero estoy convencida de volver tan pronto como me sea posible.
Desde agosto he experimentado cambios en mi vida, cambios que me han llevado a preguntarme si realmente hay cosas que debo dar por sentadas, si las decisiones son para siempre, si vivimos de una única forma, si lo que planeamos debe resultar tal cual queremos para ser funcional.
No sé si es por el TOC o algo más, pero pasa que cuando vivo en un estado de tranquilidad, donde siento que las cosas salen bien y que me acerco a los resultados de lo que quiero o de lo que considero que sería una vida idílica, termino basando mi existencia en ello porque es lo que conozco y con lo que me siento segura.
Lo que me hace feliz.
Por eso hago planes y mentalizo una realidad futura de la que, paradójicamente, no tengo control. Al menos no en el sentido estricto del guión, de seguir al pie de la letra.
Me olvido que hay cambios, paso por alto la existencia de otros caminos y del aprendizaje al que estamos propensos porque así lo desea un poder superior.
Nada, nada es eterno y darlo por sentado solo hace que cuando una mínima grieta aparezca nos sintamos próximos al fin del mundo.
Ha sido un aprendizaje individual más allá de lo colectivo y, honestamente, no saben cuánto me jode andar a la deriva sin saber el final de la historia. Es un proceso lento y en el que hay que tener mucha paciencia. Este último punto me cuesta, sobre todo en ciertos tópicos.
Pero está bien… es parte de la vida. *Repito, repito, repito*
Es imposible saberlo todo y, aún cuando crees saberlo, las cosas pueden cambiar, de hecho van a cambiar.
No está mal vivir sin tantas seguridades, así como creo que las sacudidas de la vida tienen mucho por decir y no siempre crean nuevos tramos que conducen a un fin trágico y negativo. Cuando los cimientos tiemblan es hora de mirar hacia adentro y preguntarnos ¿qué me falta?
Y la respuesta no viene de otros, viene de ti.
Y verte en el espejo, visitar el mar que habita en tu interior no tiene porque ser sinónimo de daño, de tristezas. Es importantísimo recordar que tenemos la misma probabilidad de que algo resulte de una manera, así como también que resulte de una forma distinta, pero siempre, siempre será a nuestro favor si así lo queremos.
Escribirme todo esto en la piel no iba a pasar, pero ahora llevo conmigo una pequeña parte de una idea que me sirvió para terminar el año con mayor claridad que la que tenía la Gaby del año pasado, pero menor que la que tendrá la Gaby del año que viene, o eso quiero.
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Como siempre ¡brutal! Me encantó, me llevo la frase: “No está mal vivir sin tantas seguridades”
Me aturde lo incierto pero la verdad es que nada resulta siempre como lo
Imaginamos y es bueno también dejarse sorprender por la vida.
Abrazo apretao