Dependo
Pero, ¿de quién dependo?
A veces dependo de él, de los días que responde y los que no.
Soy como un hilo colgando. Me aferro cuando la respuesta es positiva y cuando no es así, solo me sostengo con una mano. La presión de la cuerda me lastima los dedos.
Luego dependo de que me vea, de que se fije en lo que hago, de que se dé cuenta de que mi vida va mejor sin él; que me corté el cabello y me crecieron las uñas.
Dependo de saber que aún soy importante.
Pero si todo aquello se esfuma, ¿entonces de qué dependo?
Suelto la cuerda y caigo al vacío. No sé cuánto tiempo pasará hasta que aterrice. Tampoco sé si la superficie será blanda.
Cierro los ojos, los aprieto con fuerza porque siempre espero lo peor. Ya eso es cosa mía. Viene de fábrica.
Y no quiero depender.
Me agobia depender.
Pero entonces, ¿para quién sale el sol en la mañana?
Las flores cuando se abren.
Las gotas de lluvia cuando desbordan todo a su paso.
Los ojos de un recién nacido cuando descubren el mundo por primera vez.
Las primeras gotas de miel al caer del panal.
Quizás sea una pregunta sin respuesta, como otras que hacen eco. O puede que esa no sea la verdadera interrogante sino…
¿Qué pasa cuando no dependo?


