Mi balcón
...me pongo de puntas y veo... veo todo.
Hay cosas que solo puedo ver desde mi lado de la barrera.
Mi espacio en cuestión sobresale de la ventana. Es, en pocas palabras, un eslabón del edificio donde llega el sol, el viento y la lluvia.
Está decorado con plantas de sombra y algunas flores. Digo algunas flores porque nunca se me ha dado bien sembrar flores. Sin embargo, sigo intentando.
Mi balcón es de metal y el piso de concreto, es seguro o al menos yo así me siento. Si me afinco para ver a detalle las calles que suben y bajan no tengo problema. Soporta mi peso y mi intensidad de querer detallar todo lo que me rodea por horas.
Desde esa altura soy capaz de ver con otros ojos.
Cuando me quito del panorama, el mundo se ve distinto. Es como si yo viviera en mi propio planeta y tuviera una vista privilegiada del planeta vecino. ¿Se entiende?
Puede que no.
Pero cuando ya no soy parte de la ecuación, es cuando puedo ver a ciencia cierta las maravillas del ser y aquellas partes que no son tan bonitas, que pesan, que están marchitas.
La rosa y sus espinas
Y dirás, ¿cómo es que desde las alturas no puedes ayudar a los demás a florecer?
Eso quisiera, pero es imposible. Por eso cuido mi espacio, mi rincón seguro, porque cuando decida ponerme los zapatos y bajar, de nuevo a formar parte de la civilización, entonces pasaré de ser una mera espectadora a ser una pieza valiosa para mi comunidad.
Piezas
Si nos pulimos con esmero y nos cuidamos con el paso del tiempo seremos un grupo más grande que ejecutará los cimientos más fuertes de una nueva manera de ver la vida.



